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Hija de republicanos, separada con dos hijos a los veintidós años y feminista de amplia trayectoria, Lidia Falcón ha contado su vida en tres autobiografías
 
Diario Ideal
2 Sep 2007
Por Iñaki Esteban/Santander
 
-¿Qué opina de la castración?

-Me ha costado aceptarla porque siempre he defendido el derecho a la integridad física. Pero ya no veo otra solución. No podemos dejar de proteger a las víctimas. Y los tíos, cuando salen, vuelven a violar y a meterse con niños. ¿Qué hacemos? ¿Nos aguantamos?

Lidia Falcón (Madrid, 1935) ha sido desde los años setenta la voz más conocida del feminismo en España. Pero su vida no se agota en esta faceta. Hija de republicanos, se casó a los 17 años, se separó cinco años después, trabajó de camarera y telefonista para sacar adelante a sus hijos y escribió como ‘negra’ -junto a su ex compañero Eliseo Bayo- ‘El libro de la vida sexual’, firmado por el psiquiatra franquista Juan José López Ibor.

Todo este trajín le ha servido para lograr una sólida obra autobiográfica, compuesta por tres libros, entre ellos ‘La vida arrebatada’ (Anagrama). Éste fue también el título de la conferencia que pronunció esta semana en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, dentro de un curso patrocinado por la Fundación Vocento.

-Usted dice en esa obra que a los 13 años se sentía diferente al resto de sus amigas.

-Procedía de una familia de intelectuales de izquierda y me costaba identificarme con lo que pasaba a mi alrededor. La única ambición de las muchachas era tener una cultura general y casarse. Habíamos vuelto al siglo XIX. El matrimonio era el único plan posible. No había más futuro que la casa, el marido y los hijos.

-Ahora ha vuelto el furor de las bodas entre los jóvenes.

-No entiendo que las chicas se quieran casar de blanco. Se ha vuelto a prestigiar el matrimonio por la iglesia y con un ajuar estupendo, todo para afianzar un tipo de relación reaccionaria. Yo creo que los hombres que tienen ahora 25 años son peores que los que tenían esa edad en el año 80. El enemigo esta ahí y no le hemos derrotado del todo. Le hemos hecho alguna pupa, pero se defiende.

-Usted se casó a los 17 años.

-Se me cruzó la hormona. Siempre he tenido un espíritu rebelde y entonces había unas prohibiciones terribles, así que todo eso me animó a casarme. Había que estar en casa a las nueve de la noche. Mi madre, con la que vivía, me dio una paliza porque me vio por la calle cogida del brazo con mi novio. Me pegó por miedo, porque entonces vivíamos pendientes de lo que decía la gente.

-¿Se sentían marginadas?

-Mi madre estaba sola, no había nadie que la avalara, porque su marido estaba en el exilio, tenía una hija sin que la gente supiera de dónde había salido, lo cual era muy sospechoso, y yo podía seguir el mal camino. Los domingos disimulábamos que íbamos a misa vistiéndonos un poco mejor y saliendo pronto de casa. Eso era la exclusión social.

-¿Siguió el mal camino?

-Mis amigas soportaban siete años de noviazgo, no se acostaban con su pareja, se besaban un poquito, se cogían de la mano e iban al cine los domingos por la tarde. Yo no tenía tanta paciencia.

Realidad de los hombres

-¿Cuánto duró su noviazgo?

-Dos años y pico. Conocí al mozo cuando yo tenía catorce años y me casé con diecisiete. Pero meses antes de casarnos ya nos acostábamos. Bueno, por eso me casé, porque me quedé embarazada.

-¿Cómo fue la convivencia con su madre?

-Los hombres de la familia se fueron al exilio y no quedamos más que mujeres. Mi madre, mi tía, mi abuela, mis dos primas y yo: nos reunimos en Barcelona los restos de aquel naufragio. Mi padre salió de España en el último avión junto a Dolores Ibárruri. Era miembro del comité central de Partido Comunista y yo tenía entonces dos años y pico. Luego leí sus escritos y me sentí totalmente identificada. Pero como contacto personal, como cariño, de eso nada, cero.

-¿Qué concepto tenía de los hombres?

-Yo no tenía ni idea de cómo eran los hombres. El primer día después de casada me encontré la pasta de dientes tirada por ahí, la toalla en el suelo, los calzoncillos por el otro lado. Cada cosa que cogía mi marido la dejaba tirada por la casa. Me dejó pasmada. Muchas de amigas tenían un hermano, un padre o un abuelo y creo que les sorprendió menos que a mí.

-¿Se llevó una decepción?

-Para mí los hombres eran unos seres criticados, porque mi madre y mi abuela eran feministas, pero también idealizados, porque no sabía cómo eran en realidad. Yo quería un chico bueno, y lo tuve, aunque al final amenazó con pegarme. Para lo que había en la época estaba bien, pero era muy limitado.

Madre y mujer

-¿Cuál fue su experiencia de la maternidad?

-¿A qué te refieres?

-¿Se sintió realizada como mujer?

-Bueno, bueno, una madre nunca sabe lo que le viene. Nos faltaba dinero, la medicina era una porquería, no daban anestesia a nadie y fui a un hospital de pobres, en el que me dijeron que dilatara dando vueltas por el pasillo. Aquello era aterrador.

-¿Y cuando tuvo a su hija entre brazos?

-La tuve en la edad que habría tenido que irme a bailar, de excursión, al cine y a estudiar. Me encontré brutalmente metida en la vida adulta. Pero la verdad es que me lo pasé bien porque tengo cierta vocación de felicidad. Mi marido tenía 21 años. Éramos unos críos y siempre que podíamos nos íbamos a la playa. No teníamos dinero. La situación económica era angustiosa.

-Usted se separó hacia la mitad de los años cincuenta. ¿Fue duro?

-Fue un trauma. Pero no estaba dispuesta a aguantar a un esposo que ya no era el amante y el compañero que yo quería. Se reunía con sus amigos, yo estaba todo el día en casa con mis niños, se debió de cansar de mí y se buscó otra. Y eso, claro, de ninguna manera. Tenía un hijo de dos meses y una hija de cinco años. Me pagó unos meses una pensión pero luego dejó de hacerlo. Huyó a Francia huyendo de sus responsabilidades.

-¿Cuántos trabajos ha tenido?

-Empecé de secretaria, fui telefonista en TVE, camarera en varios restaurantes, cuidé niños…

-Hay veces que tenía dos empleos.

-Entraba a los ocho de la mañana, salía a las siete de la tarde, luego iba a TVE y me marchaba a casa a las dos de la mañana. Cuando llegaba, me ponía a estudiar Derecho porque quería salir de esa situación.

-¿Cómo era entonces la televisión?

-La de Barcelona estaba en Montjuic. El tranvía me dejaba en el Paralelo, cogía por el Pueblo Seco y subía por una ladera. Uno de los directivos de TVE me dijo: ¿Para qué quiere trabajar tanto una chica como usted? Y el editor del primer libro de Derecho que escribí, al pagarme, me soltó: «Tome, ya se lo puede gastar en ropa interior».

-¿Era eso todo lo que esperaba de una mujer que había escrito un libro de Derecho?

-¿Cómo te crees que eran los hombres, querido? Bueno, aunque no sé si habéis mejorado mucho.

-¿Cambiaron las cosas con su segunda pareja, el periodista Eliseo Bayo?

-Era un muchacho de 19 años, de un pueblo de Aragón. Marchó a Barcelona a ganarse la vida después de estar varios años en el seminario. Eso hizo que adaptáramos bastante el uno al otro, aunque a él lo detuvieron enseguida, y luego entraba y salía de la cárcel. A mí también me cogieron varias veces.

La Transición

-¿Cómo fue la Transición para las mujeres?

-La Transición fue para los hombres. Hasta el 85 no se consiguió el aborto en los tres supuestos y desde entonces no ha evolucionado nada. Fíjate, en Navarra todavía no se hacen.

-¿Cómo andamos de libertad sexual?

-Parece que hay libertad sexual porque follan a las mujeres todos los días en la televisión. La relación sexual se ha convertido en pornografía. Se empeñan en obsequiarnos con un acto sexual de lo más rutinario, cuando debería significar compañerismo y complicidad.

 
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