Etiquetas

, ,

ELPAÍS.com
24 Ene 1990
Por Lidia Falcón

Como la estrella amarilla de los judíos y la rosa de los homosexuales bajo Hitler, o la marca de las prostitutas y las prohibiciones en el vestido de los siervos en la Edad Media, el velo de las mujeres musulmanas les enseña desde la infancia -porque el adiestramiento para la humillación ha de comenzar pronto, con el propósito de evitar cualquier conato de rebeldía- que ellas son seres mutilados, deformes, pecaminosos; porque no son hombres. Ellas, por ser mujeres, destinadas a la reproducción de la especie como todas las hembras mamíferas, y sin más objetivo que alcanzar en su vida, marcadas cada mes con la hemorragia de la impureza, deben taparse de la mirada de los demás, ocultar la vergüenza de haber nacido mujer. El velo que deben usar las mujeres musulmanas es el distintivo de la impureza femenina, la marca de su ignominia. Las voces que hoy se alzan defendiendo el uso del velo en la escuela para las muchachitas musulmanas, en la Francia democrática, republicana y laica, en razón de la “libertad de conciencia” y del “respeto de las culturas diferentes”, no se atreverían a lanzar el primer gruñido para defender el uso de la prenda que fuese la señal pública de la diferencia entre la negritud y la blancura. Esas mismas conciencias tan liberales considerarían impropio de países civilizados que se mantuviese un traje distinto para el criado que para el señor. Ellos, los escandalizados por el ataque a lo que suponen libertad religiosa, no consentirían que nadie les impusiese el caftán, ni el turbante, ni la gorra, ni el sombrero, si ello iba a significar la marca de su inferioridad social. Claro que la imposición en el vestir de las muchachas musulmanas no viene dada por el Estado francés, sino por el pater familiae y por el jefe religioso de su tribu, y está bien que las mujeres vistan según las reglas de su tribu y las normas religiosas impuestas por los jefes. Así se defiende más eficazmente la supervivencia del patriarcado.

Es bueno para los hombres, para todos los hombres, que las mujeres obedezcan al pater familiae, que no pongan en cuestión las milenarias reglas de la sumisión femenina. Es bueno para los hombres, para todos los hombres, que las mujeres obedezcan las leyes de la familia y no las del Estado. Como Antígonas siempre presentes defendiendo las leyes del patriarcado frente a las de la ciudad, las mujeres no son ciudadanas, no tienen derechos y deberes como los demás individuos que pagan impuestos, votan periódicamente y acatan la Constitución. Las mujeres son hijas, esposas, amantes, madres, adúlteras, vírgenes, prostitutas, monjas, viudas. Ellas siguen siendo sólo hembras cuyo status social depende del uso que haga de su sexo y de la relación que mantenga con un hombre.

Por tanto, no tienen que obedecer las reglas de la escuela pública y laica en esa Francia republicana que hace 200 años realizó una decisiva revolución para acabar, fundamentalmente, con los símbolos de la opresión. Las mujeres deben obedecer únicamente al hombre de la familia. Las niñas, y niñas son esas dóciles criaturas de 12 o 14 años que acuden a la escuela envueltas de los pies a la cabeza en los velos de su ignominia, sólo tienen que obedecer al padre, patrón, patriarca, amo de su cuerpo, de su vida y de su destino.

Las voces que defienden las diferencias culturales para mantener a las mujeres musulmanas porque nadie sabe todavía lo que dirían si fuese a sus elegantes, sofisticadas y liberadas mujeres francesas a las que quisiesen envolver en velos, resultan tan risibles como los que hablan de que los negros no son inferiores, pero sí diferentes. Los intelectuales que aducen el respeto a la libertad de las niñas para vestir el velo resultan sospechosamente ignorantes. Nadie ignora que en las familias musulmanas ninguna mujer viste, come, duerme, ni respira, sin permiso o por imposición del padre o del marido. Estúpido resulta defender que una hija de familia de 12 años cumple con las reglas de la religión de sus padres por “libertad propia”.

Los hombres de ese Gobierno francés que habían permitido hasta ahora -ya que era del dominio público- las mutilaciones sexuales a las niñas de ocho años, en los hogares musulmanes, seguramente porque los hombres de ese Gobierno deben pensar que es bueno que las mujeres obedezcan al jefe de la familia, se han visto inducidos, después de que la brutal operación ocasionara varias muertes seguidas de niñas, a enjuiciar, encarcelar y condenar a una desgracia a su madre, mutilada ella misma, analfabeta, ignorante de cualquier palabra francesa, hundida en la prisión del domicilio conyugal, mientras el padre y marido quedaba en libertad, respetado como hombre, como marido y como padre. Al concluir el juicio con la condena de la madre, varios escritores franceses no han dudado en comentar que todo el mundo sabe que la culpable no hizo más que cumplir las normas impuestas por el padre de la familia. “Nada se mueve en la casa sin el permiso del marido”, reprodujo textualmente la Prensa.

Hoy, esos mismos hombres del Gobierno francés, alentados por los intelectuales y los políticos que se han alzado indignados en defensa del velo -políticos e intelectuales que nunca se manifestaron para condenar la clitoridectomía, el maltrato a las mujeres o las desigualdades del salario femenino-, ya que deben pensar que es bueno que las niñas obedezcan las normas patriarcales, se enfrentan al desafilo de prohibir o de permitir ese signo de la ignominia femenina que es el velo musulmán. La permisión de que las niñas vayan cubiertas a la escuela sería la prueba más rotunda de que el feminismo se encuentra en su cota más baja de influencia, mientras el patriarcado goza de muy buena salud en Francia.

enlace2.png

 

 
Anuncios