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elPeriódico.com
25 Mayo 2008
Por Lidia Falcón

Francia exhibe, con su conocida pomposidad, su reconocimiento a Simone de Beauvoir, de cuyo nacimiento se cumplen 100 años, en una serie de actos de homenaje que ocuparán todo el 2008. No cabe duda de que se lo merece. Simone fue una magnífica escritora, y este mérito se suele esconder al destacar sus ideas feministas, que se consideraron rompedoras dada la época en que ella escribió. Nos hallábamos en la posguerra europea y con el viento de muerte de la segunda guerra mundial se habían enterrado las grandes teorías feministas y liberadoras de la última mitad del siglo XIX y la primera del XX. Si no hubiera sido por el cataclismo que supuso la contienda, Simone y su obra no hubiesen podido ser consideradas tan revolucionarias. La Europa de los años 40 y 50 había olvidado las teorías de Saint-Simon y Fourier y los experimentos de Owen, con sus falansterios y sus fábricas cooperativas, y, por supuesto, la sacrificada labor de Flora Tristán, y en plena guerra fría no quería ni oír hablar de la obra de Alejandra Kollöntai, con su hermosa defensa del amor libre y del amor juego, en la construcción de una sociedad soviética igualitaria y feminista. Pero no solo en los países que habían llevado a cabo sus revoluciones floreció un pensamiento rebelde a las convenciones burguesas que asfixiaban a las mujeres, que pervertían el amor y que consignaban la propiedad privada de los hijos a favor del padre.

España, desde Concepción Arenal, en el siglo XIX, ve la eclosión de escritores y políticos que tratan con liberalidad el grave problema de la sujeción de la mujer a las normas religiosas y conservadoras más asfixiantes. Y en esta hermosa labor de denuncia y de rebeldía contamos con muchas mujeres que se atrevieron en la España retrógrada heredada del infausto reinado de Fernando VII a opinar, a escribir y a defender públicamente las ideas liberales, anarquistas, feministas y comunistas que exigían la igualdad entre el hombre y la mujer, y que denunciaban, con enorme valor, las terribles injusticias que se cometían en nuestro país contra la mitad de la población. Desde Regina de Lamo, mi abuela, que nació en 1870 y cuya labor cooperativista y feminista quedó olvidada bajo el terror fascista, hasta Margarita Nelken, el plantel de políticas y escritoras que en España teorizaron con buen sentido y visión vanguardista sobre los retos del feminismo es enormemente abundante para un país que a finales del siglo XIX tenía un índice de analfabetismo del 80%. Emilia Pardo Bazán, Victoria Kent, Clara Campoamor, Carlota O’Neill, María Telo son algunos de los muchos nombres que deberían ser motivo de homenajes y reconocimientos en nuestro país, por su obra literaria y ensayística y por su dedicación a una de las tareas más justas en beneficio de toda la humanidad: la igualdad entre todos los seres humanos. Carmen Karr y su revista Feminal plantearon en Barcelona todos los temas del feminismo que se desarrollaron después, y mucho más avanzadas que Simone de Beauvoir, en su formulación de las ideas feministas, fueron Federica Montseny, Regina de Lamo y Carlota O’Neill.

Pero España no les rendirá el homenaje que Francia está brindando a Simone. Porque España se caracteriza por su cainismo, tan dolientemente denunciado por Unamuno. Aquí antes reconoceremos el mérito de un extranjero que el de un español, y mucho menos el de una española. Así ha sido posible que en la exposición que se ha organizado en el Museo de Historia de Catalunya, sobre Dones: camins de llibertat, aparezcan Christine de Pisan y Olimpia de Gouges y las sufragistas inglesas y americanas, y no se dedique ni un párrafo a la revista Vindicación Feminista ni al Colectivo Feminista y el equipo de heroínas que la llevamos a cabo con bastante más peligro y esfuerzo que el que hubo de invertir Simone de Beauvoir en la elaboración de su obra. Por supuesto, las teorías feministas que se formularon en España entre los años 60 y 90 del siglo XX superan con mucho los tímidos intentos de El segundo sexo, pero no han tenido acogida en esa exposición, en la que tanto el Colectivo Feminista como el Partido Feminista y la Organización Feminista Revolucionaria, como mi obra La razón feminista, han desaparecido de la historia de Catalunya, allí donde nacieron y se desarrollaron con el ímpetu y la riqueza de pensamientos y contenidos que en esa época contuvo el feminismo.

Hay que añadir que en España las ideólogas y escritoras no solo escribían, sino que se arriesgaban a llevar a la práctica sus teorías. Y, así, fundaban revistas que se ocupaban de todos los temas de la actualidad del momento, con una riqueza de información escrita y gráfica que otras muchas no poseían, y creaban grupos y partidos y se presentaban a elecciones, contra toda posibilidad, invirtiendo en tales propósitos sus escasos recursos económicos, su tiempo, su energía y su pasión. Experiencias que nunca llevó a cabo Simone de Beauvoir, siempre protegida por el entorno familiar y clasista y la inmensa presencia de Jean-Paul Sartre. Pero ni Carmen Alcalde, ni Marisa Híjar, ni yo, ni Vindicación Feminista, ni el Colectivo Feminista ni el Partido Feminista, recibiremos nunca los homenajes que se le tributan a Simone. Para eso tendríamos que ser francesas.

 
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