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ELPAÍS.com
14 Jun 1985
Por Lidia Falcón

La catástrofe de Bruselas, en la que perdieron la vida varias decenas de hinchas de fútbol, sólo se explica, según la autora de este artículo, como un resultado del machismo internacional y de la cultura machista, fomentada por los Gobiernos de todo tipo.

Nunca sabrá Margaret Thatcher el favor que ha hecho -sólo existiendo- al machismo internacional. Entre las muchas interpretaciones que he leído y oído sobre la masacre de Bruselas, la de un amigo inglés, según él de ideología anarquista, me parece la más curiosa. Para él, la causa de la causa es Margaret Thatcher, con su política derechista, que ha llevado al país al paro, a la frustración y a la pobreza, impulsando a la violencia a los jóvenes desesperados que sólo pueden ejercerla en los estadios de fútbol. De nada sirvieron mis intentos de recordarle que la pasión futbolística impulsó a los hinchas de diversas nacionalidades a cometer desmanes varios -con sus secuelas de muertos y heridos- en Brasil, México, Italia, Barcelona y muchos otros países, antes de que se vislumbrara en el horizonte histórico el reinado de la Thatcher. Tampoco le sirvió de reflexión el evidente hecho de que Margaret Thatcher ocupa el sillón del primer ministro gracias a la voluntad popular, mayoritariamente volcada en entusiástica elección por dos veces consecutivas, sobre todo después de la victoriosa guerra de las Malvinas. Y que parece bastante demostrado que los autores materiales de los vandálicos hechos pertenecen precisamente a la línea ideológica más derechista del país, que no manifestaban en Bélgica precisamente su frustración izquierdista. Esta extraña polémica se desarrollaba a partir de mi comentario de que los sucesos de Bruselas constituían la más clara manifestación del machismo. Mi interlocutor, a pesar de ser inglés, reaccionó con, el mismo orgullo herido que otros españoles ante mis palabras. Y encontró la más feliz respuesta: si la responsable máxima del país es una mujer, y en consecuencia de los actos de sus súbditos -y podía haber añadido que dos, puesto que la Reina de Inglaterra, de Escocia, del País de Gales y del Ulster es la cabeza máxima del Estado-, ¿dónde situamos el machismo?

Ninguno de mis opositores -ni otros tantos que han escrito sesudos artículos sobre la tragedia- ha querido entrar en mayores honduras. Ninguno de los comentaristas que he leído, amén de criticar a los grupos fascistas que organizaron el ataque, quiere recordar que ellos mismos han sido transmisores de la corriente intelectual que ha decretado hace tiempo la muerte de las ideologías de izquierdas. Pragmáticos de toda la vida, liberales decimonónicos, arrepentidos comunistas y aguados socialistas, están todos de acuerdo en rezar el último responso por las declaraciones de principios, por la ética y la educación revolucionarias. La revolución ha muerto, ¡viva la adaptación!- La adaptación al medio en vez de la lucha contra la caduca pero inmensa fuerza de la inercia. De la inercia de la ignorancia, de la superstición y del atraso. ¡Vivan las cadenas! vuelve a ser un grito popular, pero hoy, ¡helás!, apoyado por los intelectuales de todo el arco de la izquierda.

Hasta hace algunos años, las exigencias morales, la educación social, el sacrificio individual por la revolución, constituían un ideario considerado ejemplar, y los individuos que lo seguían y lo defendían merecían el respeto de los demás. Hace 45 años se perdió una guerra en España y se ganaron otras en diversos países, por intentar sustituir el viejo y sangriento orden del ancienne régime por el progreso, “esa palabra buena y dulce”, como la definía Victor Hugo. Después triunfó el éxito capitalista, la competitividad, la iniciativa privada, la televisión, las hamburguesas, los coches deportivos, el vídeo, la novela negra, la pornografía, el elogio de la prostitución y el fútbol. Todo ello para los hombres, por supuesto. Para las mujeres el triunfo se mide en razón de los kilos de peso, los maquillajes, la estatura y el dinero del marido y el número de hijos.

Ideales nazis

Y resulta que, después de tanta guerra, los ideales nazifascistas fueron muy similares. Cocina, hijos e iglesia para las mujeres, y militarismo, heroísmo y deporte para los hombres. Elevado el fútbol a categoría de religión nacional, alentados los jóvenes y los adultos varones a entusiasmarse, a participar y hasta a matar y morir por el triunfo de los colores patrios, en vez de dedicarse a la funesta manía de pensar o a la peligrosa participación política en los asuntos del país, no comprendo cómo los Gobiernos se escandalizan y asombran de lo acaecido en el estadio de Bruselas.

Ninguno de esos Gobiernos -ni los anteriores durante varias generaciones- ha aportado un céntimo para que los jóvenes se olvidasen de los nombres de los delanteros y guardametas y aprendiesen los de los filósofos, los dirigentes sindicales y los escritores que predican la solídaridad humana, la igualdad entre el hombre y la mujer, la lucha contra el racismo y la igualdad entre las clases. Franco, Mussolini y Hitler elevaron el deporte a la más noble -después de la guerra- de las actividades masculinas; bien pocas mujeres han destacado en deporte alguno durante los imperios fascistas. Aceptando la máxima de que el pueblo está contento con pan y circo, dieron algo de pan y mucho de circo. Se equiparó el triunfo de un equipo de fútbol a la victoria sobre el ejército enemigo, y la derrota debía convertirse en motivo de luto nacional.

Años más tarde, nadie se atreverá a corregir tan sabias disposiciones para mantener entretenidos a los hombres, sin más riesgo que para ellos mismos. Dirigentes socialistas y comunistas hay que acudieron a recibir en loor de multitudes a los vencedores de un campeonato de fútbol desatendiendo las entrevistas programadas con los vecinos de la ciudad, que llevaban años intentando exponer sus quejas a alguna autoridad competente. Socialistas hay que exhiben como una demostración de su fidelidad nacionalista el carné del club de fútbol que hace patria. Intelectuales conozco que se avergonzarían de hacer profesión de fe anarquista, comunista o feminista, que se burlan de la militancia, que sonríen con desprecio a los pocos que quedamos en esta solitaria lucha por un mundo mejor y que, en cambio, hacen gala de sus conocimientos en materia futbolística.

Ningún padre intentará contrarrestar la afición a la pelota de su hijo, ninguna madre se atreverá a oponerse a la semanal asistencia al partido en la que el padre de familia, a veces con los hijos varones, gasta lo que ella necesita para comprar la comida de todo el mes. Ninguna escuela se atreve a difundir un discurso menospreciativo sobre el deporte nacional. Ningún párroco predicará contra la absurda competitividad y el gasto de los clubes futbolísticos, la brutalidad del boxeo, la crueldad de los toros, o la violencia del rugby, mientras se desgañita clamando contra la inmoralidad del divorcio y del aborto. Ningún Gobierno presupuestará más dinero para ayuda a bibliotecas, a museos, a teatros, a editoriales y a universidades que al deporte. Miles de millones pagamos todos los ciudadanos a los clubes privados de fútbol por sus pérdidas anuales, incluso los que como yo lo detestamos, miles de millones que jamás irán a parar a las exhaustas arcas de la asistencia social. En todos los países democráticos se ha dispuesto instalar vallas metálicas -y pronto serán electrificadas para mayor eficacia-, rejas, alambradas y jaulas para separar a los hinchas de los jugadores y de los contrarios, como si de leones se tratase. Todos han sido unánimes en achacar la matanza a “las pocas medidas de seguridad” de que disponía el campo de Bruselas, y a la escasez de policías que actuaran contundentemente. Todo hubiese quedado resuelto si los policías hubiesen apaleado, pateado y disparado contra los hinchas. Y como todo el mundo está de acuerdo en este punto, ahora pagaremos más dinero para instalar vallas metálicas y fosos acuáticos en los estadios y situar cada día de partido milicia especial con equipamientos modernos, botes de humo, mangueras de agua, pelotas de goma, cascos, botas y fusiles. Dinero y más dinero para controlar la violencia que previamente han desatado, desde la cuna, los rectores de la sociedad, que han criado complacientemente los maestros, los padres, que han difundido los sacerdotes y que han aprobado todos los poderes: el político, el religioso, el cultural. Cultura machista, en una palabra, que, como la violencia contra la mujer, la guerra y el deporte, conforman la tríada de valores masculinos que un hombre que si estime debe desarrollar, potenciar, defender y exaltar.

Valores morales

Cuando los valores universales de la moral cotidiana exigen que una mujer sea femenina y un hombre macho -y todavía muchas mujeres repiten con orgullo esta distinción entre sus evidentes cualidades como mujer y la execrable opción feminista-, cuando la educación se basa en la distinción entre las cualidades de la paciencia, la dulzura y la sumisión que las mujeres deben desarrollar -puesto que son “innatas” en ellas- desde la cuna, y el valor, la agresividad y la defensa del honor propio y patrio que son distintivas del varón; cuando el entusiasmo de los hombres, desde la niñez, se encamina hacia la obsesión futbolística, desviándolos de tentaciones tan peligrosas como la militancia revolucionaria, el estudio de la filosofía, la lectura de los autores clásicos, el cuidado de los animales, la defensa de la ecología, la lucha sindical o el movimiento por la paz; cuando hasta los partidos comunistas organizan festivales rock y punk para atraer a los jovencitos, hastiados de los rollos morales que los carrozas de siempre prodigaron años atrás; cuando el honor nacional exije que los aficionados se reúnan para animar a su equipo a lograr la victoria contra su rival, con la misma pasión que los defensores de la patria frente al invasor, ¿a qué viene tanto asombro, tanto duelo, tanta hipócrita plaftidez ante los sucesos de Bruselas? Y si después de todo se jugó en el máximo campo todavía húmedo de sangre, estoy segura de que en Italia muchos habrán pensado que al fin y al cabo valía la pena, porque ¿qué importan 41 muertos y cientos de heridos, si se gana el partido?

 

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