elPeriódico.com
17 Jul 2008
Por Lidia Falcón

Desde hace 50 años estoy defendiendo tesis que erosionan por la base el sistema patriarcal –antaño estuve sola, hoy son más las feministas que apoyan conmigo tan revolucionarias ideas– y que parecen gravemente perturbadoras de la calma social. Sin embargo, no había recibido nunca antes tantas y tan agresivas respuestas, acusaciones e incluso insultos, como cuando me he atrevido a apoyar la expresión “miembra” que la ministra de Igualdad tuvo la ingenuidad –o la valentía– de pronunciar hace unas semanas. Ni siquiera cuando, después de haberme negado durante décadas a hacer mío el eslogan de contra violación, castración, me decidí a aceptar tan drástica solución contra los violadores y pederastas condenados y reincidentes –al ver indefensas a las víctimas ante la impunidad de los agresores–, provoqué tal alud de cartas, comentarios y artículos como los que ha suscitado el que este periódico me publicó con el título de Yo también soy miembra.

Cerril, policía de la feminidad, ignorancia descomunal, engendro, arbitrariedad, ignorancia brutal, plasta, desocupada… son algunos de los calificativos con que me obsequian mis críticos. Uno de ellos, académico de la lengua –y más parece gendarme de ella para que nada se diga sin su permiso–, de cuyo nombre no vale la pena acordarse, me llama “momia del feminismo”, supongo que en referencia a mi edad. Imitando a Cervantes en su respuesta a otro botarate que lo tildó de viejo, solo puedo decir: “Como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí”. Pienso que, si para mí ha pasado, no lo ha hecho para otros, porque las diatribas en el tono más violento que he recibido ahora son parecidas, y hasta peores, a las que mi discurso provocaba hace medio siglo.

Muchos de los que se creen tan modernos no han avanzado más que aquellos que en cada conferencia mía, cuando no frisaba los 30 años, me recordaban el femenino papel que cumplen las ovejas y las palomas, divinos ejemplos de lo que debíamos aceptar las mujeres. Y no exagero, que el académico indignado compara el término de feminicidio para el asesinato de mujeres, que yo reivindiqué en el tan nombrado artículo, con el de elefanticidio o canicido. Le da lo mismo hablar de leones, de ratas, de tigres, de jirafas o de cebras que de mujeres, porque para él deben de ser iguales unas que otras, y seguramente a estas últimas las trata como lo haría con aquellas.

A pesar de mi ignorancia brutal y de la muy superior sabiduría de mi crítico, este no se ha enterado de que el término feminicidio para tratar de la masacre de mujeres que se está produciendo en varios países está ya implantado en América Latina, y en la ley de violencia contra la mujer de México así ha sido introducido por los grupos feministas que lo defendieron y fue aceptado por los legisladores, los senadores y los profesores de la universidad, que todos ellos padecen una ignorancia brutal.

Entendieron, tanto ellas como ellos que, al expresar la matanza de mujeres con el vocablo homicidio, se producía la confusión de que pareciera referirse a la muerte de hombres, o quedase en la indefinición la descripción de unos horribles hechos que solo afectan a mujeres. Mis críticos me explican con más irritación que paciencia que la etimología de hombre es del latín humus, que significa tierra, y que, por tanto, al decir “el hombre” en general se está diciendo lo mismo que “el ser humano”. De tal modo, el hombre es el genérico de toda la humanidad, lección que ya me dieron en los lejanos tiempos de la enseñanza primaria. Todos sabemos, gracias a nuestra cultura cristiana, que fue Adán el fabricado de tierra y que Eva derivó más tarde de una costilla de aquel, por lo que la fémina del humus debería, según ese mismo razonamiento, denominarse costillar o cárnica, entendiendo que enseguida el barro de Adán se convirtió en los músculos y los huesos que permitieron a Eva existir.

Todas estas controversias serán miradas como tonterías ¿dentro un siglo?, al igual que hoy comentamos la polémica que se armó cuando el tranvía se instaló en Madrid y los académicos de la lengua, aquellos inmortales de los que nadie se acuerda, se empeñaron en que el término inglés tranway debía ser femenino, y así apareció en su diccionario “la tranvía”, mientras el ignorante y cerril pueblo español se empeñó en llamarle “el tranvía”, y transcurridos unos años sin que los celtíberos se apearan de su burricie, los académicos cambiaron el género del vehículo y hubieron de resignarse a nombrarlo en masculino. Porque al final el habla es del pueblo y no de los gramáticos, o de los que así se creen, porque, si no fuera así, seguiríamos hablando en latín y no en el román paladino en que se expresaba nuestro Gonzalo de Berceo.

Y ahora que hemos empleado tanto tiempo en dirimir estas gurruminas del lenguaje que solo a los desocupados académicos les importan, me pregunto: ¿no será esta una sutil manera de distraernos de tantos y tan penosos problemas como sufrimos las mujeres? Ninguno de esos señores que tan indignados se han sentido por vocablos como miembra y feminicidio, gastaron nunca una miaja de su tiempo en protestar contra las injusticias que padecen las mujeres en todo el mundo.
Qué casualidad.

Anuncios