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6 Jul 2007
Por Lidia Falcón

Después de la publicación de mi artículo Treinta años de paciencia he recibido multitud de críticas por no haber hablado de las grandes ventajas que la democracia ha comportado para nuestro país. Voy a hacerlo, por tanto.

Para empezar, veamos cómo se cumple la libertad de expresión. Porque aunque opinar no comporta habitualmente riesgos, lo que no resulta tan fácil es difundir esas opiniones en el feudo cerrado de los medios de comunicación dominantes. Hoy puedo constatar que escritores de valía ven rechazados sistemáticamente sus artículos en los periódicos de gran difusión sin explicación alguna y sé, porque al final en esta aldea española todo se sabe, que las listas de indeseables por su ideología demasiado izquierdista, y su irreductible coherencia, se imponen por los directores de medios, incluyendo los de titularidad pública. Más de uno ha recibido la llamada del director recomendándole que corrigiera el artículo. Si se ha negado, el artículo no se ha publicado.

Cualquiera sabe que el escritor sin recomendaciones ni adscripción a partido está condenado a difundirse únicamente en medios marginales. Lo que ni la censura ni la represión política pudieron lograr, el enmudecimiento de las mejores plumas y voces de nuestra izquierda, lo ha conseguido el cerco económico. Mediante el perverso sistema de subvenciones y publicidad institucional se puede proteger y encumbrar a un medio o hundirlo. Y eso es lo que han sabido hacer algunos partidos políticos muy eficazmente, para eliminar voces molestas.

En los peores momentos de la dictadura florecieron La Codorniz, La Jirafa, Theoría, Destino, Cuadernos para el Diálogo, Triunfo, Por Favor y comenzando la transición, con todos sus peligros, Vindicación Feminista, El Viejo Topo, El Ajo Blanco y pudieron salir adelante editoriales como Fontanella, Ediciones 62, Seix y Barral, Tusquets, Lumen, Laia, Mañana… A medida que la democracia avanzó, las revistas se cerraron por inanición, al igual que editoriales como Fontanella, y otras hubieron de venderse a los grandes oligopolios editoriales que controlan la industria del libro, e incluso la prensa y la televisión. Los periódicos independientes creados en los años ochenta, Liberación y El Independiente fueron cercados por hambre y sobre todo, el primero y más valiente, Diario16 , que fue vilmente asesinado.

Ninguna voz realmente crítica con el sistema tiene espacio en las radios de gran difusión. Nuestra inteligente compañera, tan tristemente desaparecida el año pasado, la profesora y especialista en educación María José Urruzola vio cancelado su compromiso con la tertulia radiofónica en la que participaba desde hacía algunos meses, cuando sus comentarios políticos y feministas no fueron del agrado del director.

Y sobre todo la televisión, la gran creadora de opinión, la eficaz muñidora de ganancias electorales, no dará oportunidad alguna a quien sea crítico con sus patronos.

Cierto es que mis artículos no han merecido un proceso judicial, que este periódico sigue publicándose, a pesar de haberme acogido con la generosidad y liberalidad que le caracteriza, y que no me encuentro nuevamente en la cárcel por propaganda ilegal, pero esta no es la misma experiencia del diario Egin y de la revista Ardi Beltza, cuyos directores y redactores han sido encarcelados y sus revistas cerradas. Y ningún periódico que se cuide se atreverá a hacer campaña por la República y mucho menos una crítica profunda de la monarquía ni de la familia real.

Para mis amigos extranjeros resulta incomprensible que ninguna institución me haya invitado nunca a hablar en un acto público, y que periódicos de ámbito estatal no informen en sus páginas de los congresos, jornadas y conferencias del Partido Feminista ni de las presentaciones de mis libros, como pasó con la candidatura feminista al Parlamento Europeo de 1999. Insólita situación para mí que incluso en los peores momentos dictatoriales vi difundidas mis actividades en la prensa progresista. En la actualidad, cuando desde el Partido Feminista queremos que se divulguen nuestras actividades en todo el Estado tenemos que introducirlas en la red, porque los grandes medios no se hacen eco.

Y sin embargo, supongo que tanto el director y los redactores de Egin, como el director de Ardi Beltza, me envidiarán.

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