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Habrá quienes desde el punto de vista feminista glosen a Lidia Falcón como un tótem, pero en ella no he encontrado ni un sólo tic de heroína envalentonada ni ‘machacamachitos’, sino más bien un espíritu nada acomodaticio, una fuerza femenina no domesticada con el poder

DEIA.com
25 Nov 2007
Por Nekane Lauzirika/Bilbao

Me quedo de ella con su fuerza al servicio de la causa justa y razonada de que la igualdad de oportunidades hombre-mujer aún es un camino con mucho trecho por recorrer. El camino que debiera comenzar por la desaparición de lo más apremiante y sangrante, cual es la violencia machista, pero que ha de tener continuidad en el campo profesional, en los sueldos, en la corresponsabilidad de los hijos e hijas, en la casa.

En el recuerdo social que hoy, Día Internacional contra la violencia hacia las mujeres, mayoritariamente, podríamos lamentar -y nada más eso- que oficialmente la cifra de víctimas sea de 74 mujeres, más que todo el año pasado, o citar las 93.000 denuncias por maltrato o congratularnos por las 50.000 sentencias condenatorias por sevicias de género… Pero las cifras son frías y nosotros lo vemos muy desde el olvido de algo que escuece, personal, familiar y socialmente, según el caso.

A Lidia Falcón también le solivianta todo eso, más aún porque lo ve como la punta de un iceberg profundo y aún demasiado compacto como para fundirse del todo de un día para otro.

En 10 meses tenemos sobre la mesa más mujeres muertas que en todo el año 2006. Ley de Igualdad, apoyo policial… ¿Por qué sigue creciendo el número de víctimas?

A medida que las mujeres han ido avanzando y tomando protagonismo de sus propias vidas el patriarcado reacciona. Ve el avance de las mujeres como un peligro, teme perder sus privilegios y así silenciando y desfigurando las luchas de las mujeres, las elimina de la historia. El sistema propicia la violencia machista. Que nadie piense que la transición a la democracia ha concluido. Además de tener una monarquía como la que hay, la transición la tenemos en esta violencia y por ella debemos batallar. Ahora que ellas han conquistado algunas cotas de libertad, casi nada de igualdad y ninguna fraternidad, las matan. La mayoría de los asesinatos se producen cuando las mujeres se separan. Los hombres no quieren que se liberen. Hace años permanecían con ellos, como exclavas, morían por enfermedad pero no se movían. Hoy en día, las mujeres saben que tienen la posibilidad de pedir el divorcio, de vivir -bien o mal- pero de otra manera y lo intentan. Y su enemigo se echa encima. El último recurso del que quiere dominar es la violencia.

¿Se ven las cifras de muertas/maltratadas como datos anuales sin conexión?

Me parece indignante que a la hora de contabilizar los casos de violencia machista se ponga cada año el contador a cero. No tiene sentido que empecemos siempre contando la número 1 del año tal. Cuando nos hablan de las víctimas de ETA no cesan de repetirnos que son 800 en los últimos 50 años. En cambio, las mujeres son 60 ó 70 a lo largo de 2007. La realidad es que nosotras llevamos, solamente en diez años, más de ochocientas asesinadas. Esto no se dice. La violencia contra las mujeres es una sangría que no cesa.

¿Se hace lo suficiente? ¿Cómo atajar esta situación?

Los grupos feministas trabajamos en soledad en la denuncia y la protesta de las condiciones actuales. La Ley de Violencia ni es suficiente ni se cumple. No es suficiente porque sólo protege a la mujer que está ligada sentimentalmente al agresor por matrimonio o por una relación de afectividad muy constante. Ha habido sentencias en el Supremo por las cuales una amante del agresor no era protegida. Tampoco lo tienen la madre, la hermana, una vecina, la prostituta. Además las órdenes no se aplican. Según el Observatorio de Violencia Doméstica, el 55% de las denuncias por maltrato se archivan y de ellas solamente el 70% acaban en condenas que pueden ir desde los 60 euros a dos años de cárcel en caso más grave.

La mayoría de las maltratadores siguen sin pisar la cárcel.

Efectivamente, van muy pocos. Habría que endurecer las penas. Y los jueces tendrían que actuar. Hace unos días un fiscal estaba interrogando a una víctima como si fuera la culpable y luego, sin recato alguno, dijo: “Estoy harto de tener aquí denuncias falsas que luego la mujer retira al poco tiempo”. Esta situación, que yo la vivo en los juzgados, es el pan nuestro de cada día. Persisten todavía los tópicos como también hay mujeres que maltratan a los hombres, algunas denuncian falsas agresiones para sacar dinero de estas denuncias…

A las jóvenes en los trabajos se les sigue preguntando si tienen novios, están casadas o van a tener hijos.

Se les pregunta sobre eso y cosas peores. Hay fábricas, en muchos países, donde a las mujeres les hacen test para saber si están embarazadas. En la Conferencia de Beijing se denunció esta situación llevada a cabo en países menos desarrollados por multinacionales instaladas entre nosotros. El problema es que los Gobiernos cargan sobre las empresas los permisos por maternidad/paternidad, las jornadas partidas… No les cobran impuestos para montar una red social que posibilite la conciliación de la vida laboral-familiar. Ante estas imposiciones, las empresas reaccionan como lo hace el capital: en defensa de sus intereses. No queriendo a ninguna mujer embarazada, ni que esté casada, ni estéril, ni lesbiana. No queremos mujeres.

Y las mujeres cuando llegan a puestos importantes. ¿Cómo actúan?

Las pocas mujeres que llegan a los puestos de responsabilidad lo han conseguido tras una batalla terrible donde los hombres les han enseñado a luchar como caimanes porque es lo que hacen ellos. Cuando ellas llegan, sabiéndose amenazadas por todos los enemigos que tienen, no pueden consentir ninguna competidora. Si ayudaran a otras mujeres sería la propia empresa la que se lo cortaría. Lo saben ellas, las empresas y los hombres.

“Es indignante que se ponga el contador a cero cada año cuando se trata de violencia contra las mujeres”

“Antes las maltratadas vivían como esclavas, ahora se van; ellos las matan porque no aceptan su liberación”

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