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ELPAÍS.com
23 Mayo 1994
Por Lidia Falcón

Taslima Nasrin, la escritora bangladesí, ha sido condenada a muerte por blasfema por los fundamentalistas. En su último libro se atrevió a criticar las normas islámicas que rigen la vida de las mujeres. Desde entonces, el libro ha sido prohibido y Taslima vive encerrada en su casa, después de haber sufrido una grave depresión. Pero la solidaridad de los escritores que ha hecho famoso a Salman Rushdie no se ha extendido a Taslima. Al fin y al cabo, sólo es una mujer. El fundamentalismo avanza a través de desiertos y campos, violando fronteras y vigilancias, para imponer su ley en todo el Magreb y Oriente Próximo, e incluso en países mucho más alejados de esos vecinos nuestros, como Pakistán y Bangladesh. Pero en Occidente se está queriendo ver el fundamentalismo únicamente como un fenómeno patológico dentro de esa ideología racional, progresista y tolerante que los arabistas e incondicionales del islamismo aseguran que está descrita en el libro sagrado Corán. Y seguramente en lo que respecta a los usos y costumbres cotidianos, una interpretación tolerante del libro sagrado permite a los hombres soportar unas relaciones humanas y sociales regidas por el aburrimiento y las interminables prácticas religiosas, pero a las mujeres no. Las mujeres en los países musulmanes son las víctimas propiciatorias de los hombres. Convertidas en esclavas, en animales de carga, en sirvientas, en prostitutas de los varones de la familia, deben llevar sobre sí todas las culpas que una imaginería pervertida masculina ha volcado sobre ellas.

Es el propio Corán el que instituye la poligamia, el que afirma que el testimonio de una mujer vale menos que el de un hombre, el que describe el matrimonio como la compra “del campo genital de la mujer”, el que permite que el marido golpee a la mujer, con la única condición de que lo haga con un palo que no exceda del largo de una mano, el que asegura que la mujer debe obediencia al marido porque su entendimiento e inteligencia no alcanza a la de aquél, y el que concede a las hijas en las herencias la mitad de la parte de un varón.

Cierto debe ser, como explican los especialistas, que antes de que a Mahoma se le ocurrieran tan compasivas normas, la situación de la mujer en la península arábiga era mucho peor, fundamentalmente porque no tenía ningún derecho, ni siquiera el de la vida. Pero los que así defienden el islamismo muy comprensivos me parecen con la aplicación de un código que ellos, defensores a ultranza de la democracia y siempre críticos con las dictaduras, no admitirían ni para su perro. Claro que tratándose de mujeres, cualquier cosa es buena.

Pues bien, hoy ya tampoco tienen las mujeres asegurado su derecho a la vida. En Argelia, en el último año, han sido asesinadas 25 mujeres por no observar las reglas de modestia musulmanas que convierten a las mujeres en muertas ambulantes recubiertas de sudarios… y también por observarlas. Los fundamentalistas las matan por no llevar el velo, y unos grupos vengativos de tan sangrienta norma las matan también si visten con ellos.

En Egipto cada vez menos mujeres se atreven a salir a la calle vestidas a la occidental, muchas han abandonado sus trabajos y sus estudios; la conocida escritora y psiquiatra Nawal al Saadawi, fundadora y directora de la Asociación de Mujeres Árabes, ha sufrido el cierre de la asociación, el requisamiento de la documentación y una persecución constante que la ha llevado al exilio en Londres. En Túnez, paraíso de las mujeres en el Magreb, las compañeras feministas me manifiestan sus temores ante la penetración, cada vez mayor, del fanatismo fundamentalista, y cómo únicamente las protegen las medidas, consideradas poco democráticas por Occidente, que ha adoptado el régimen en las últimas elecciones, y que han marginado del Parlamento a los partidos fundamentalistas.

En Arabia Saudí, en Kuwait, en Irán, en Emiratos Árabes Unidos, las mujeres son asesinadas por cuestiones de honor por cualquiera de los hombres de la familia sin que ninguna justicia intervenga, y son lapidadas públicamente por adulterio, encarceladas por conducir un coche, por salir solas de noche, por tener relaciones amorosas sin permiso paterno, por no cubrirse con el velo. Y en todos esos países se sigue practicando la clitoridectomía, que supone la castración de las niñas. Quien quiera conocer el infierno especial para mujeres en que se han convertido esos países debe leer la biografia Sultana. Irán, donde se casa a las niñas a los ocho años, posee el triste récord de ser el país que más mujeres ha asesinado en los últimos 15 años, desde la que algunos consideran “revolución popular” de Jomeini.

En definitiva, siendo el machismo la carga más pesada que las mujeres deben soportar en todos los países, aquellos hombres que profesan la fe del profeta descargan sus frustraciones y pesares en esta guerra contra las mujeres, de la que ninguna organización de derechos humanos ni departamento de la ONU ha hecho objeto de denuncia, ni amenazado con sanciones a los países que la practican, ni ofrecido protección a las víctimas. Ya se sabe que siendo mujeres no merecen nada.

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