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El descrédito de las utopías, que es sobre todo una victoria para la intelectualidad de la derecha, se ejerce curiosamente en un sector: el de los intelectuales tradicionales, señala la autora de este trabajo. La utopía sigue funcionando en la actualidad, pero no ya entre los intelectuales, sino entre los científicos, que la siguen persiguiendo día tras día en sus laboratorios. Un ejemplo claro se encuentra en los avances científicos que se están realizando en el terreno de la manipulación genética, donde se advierten las diferencias que existen, por ejemplo, entre la reproducción clónica -que no existe- y la reproducción in vitro, o en la posibilidad de fabricación de úteros artificiales, donde los embriones se desarrollen, o en la supresión de la menstruación. Se contraponen aquí las posibilidades que encierra la tan temida reproducción anormal frente a las anormalidades de la normal, señalando un camino de liberación de la mujer que opte por las revoluciones científicas en la genética contemporánea.

ELPAÍS.com
24 Mar 1985
Por Lidia Falcón

Cuando Einstein escribió que era más importante la imaginación que el conocimiento” no imaginó que 20, 30 años más tarde los intelectuales revolucionarios de su época habrían abandonado sus veleidades de juventud y rogarían porque todos olvidáramos la utopía. “Hubo un tiempo en España, antes y después de comenzado el siglo, en que eran miles los hombres y mujeres más dispuestos a luchar y a morir por sus ideales que a renunciar a la utopía”, escribía Joan Queralt (El Viejo Topo, junio 1982) al hacer una breve semblanza sobre los anarquistas españoles. Aquellos que todo lo dieron y todo lo perdieron.

Al repasar los temas de nuestra época me ratifico en mi adhesión a Snow cuando dice que “mientras los científicos llevan en la masa de la sangre el futuro, los intelectuales de la cultura tradicional reaccionan con el deseo de que el futuro no exista”. Sin embargo, cuando en El alboroto español me sentí obligada a citarlo, me di cuenta de que debía introducir una variante: los intelectuales españoles de la cultura tradicional reaccionan con el deseo de que el presente no exista.

Con el miedo reaccionario que heló los corazones de la intelectualidad de derechas “mientras un fantasma recorría Europa”, a finales del siglo pasado, escritores y hasta investigadores como Huxley respondieron agresivamente a las ingenuas utopías que los anarquistas imaginaban y propagaban y los escritores progresistas como Wells novelaban. El éxito de difusión y ventas de Un mundo feliz demuestra que la propaganda de la derecha ha sido más eficaz que la de los hijos y los herederos de Kropotkin o de Alejandra Kollöntai.

Pero no por ello, no porque escritores, publicistas, filósofos o cualquiera otra especie semejante que se atribuya alguno de estos honrosos títulos declare pomposamente que las ideologías han muerto”, “la utopía es imposible” o “hay que dejar de hablar de revolución y hablar de adaptación”; no porque Alberoni asegure que el pragmatísmo es la única conducta política que puede salvar al mundo y llevarlo a las altas cotas de bienestar y felicidad de que gozan los estadounidenses, por ejemplo; no porque algún filósofo asegure que no puede haber más concepto de libertad que el que la burguesía acuñó en 1789; no por ello, no, los científicos, siguiendo los dictados de la masa de su sangre, han abandonado la utopía. Y la hacen realidad todos los días, en el paciente trabajo de su laboratorio.

Hay quienes se enteraron muy tarde de los avances que se gestaban todos los días en las probetas -y nunca mejor empleado el verbo gestar que en esta ocasión- y creyeron que fue Shularnit Firestone quien en 1975 descubrió la maternidad in vitro. Recuerdo que cuando en 1969 desarrollé la conferencia La mujer del año 2000, Evelyn Sullerot en 15168 ya había escrito unas líneas sobre el objetivo final de la liberación femenina: la maternidad in vitro, y yo la cité y amplié la utopía hasta el límite de mis sueños. Y quiero soñar porque sólo soñando seré capaz un día de convertir en realidad mis deseos. Mis sueños, ¿mis profecías?, para el año 2000 cayeron como nieve que se fundiera en el acto sobre un público desconcertado que no llegó nunca a entender qué había querido explicarles.

Quince años más tarde los científicos están conquistando el futuro; pero los intelectuales, y cuanto más políticos, más ideólogos y más comprometidos, más están rechazando el presente con una animosidad contra aquéllos que recuerda el anatema galileano. Del Siglo de las Luces, de la Ilustración, pasamos al de la máquina, al de la industrialización. La Idea se hacía realidad en un centenar de años. Hoy, cuando el siglo XXI se acerca, la avanzada de la intelectualidad echa de menos las condenas tridentinas a la investigación. Leo continuas amenazas contra los peligros de las manipulaciones genéticas (que ya se realizan todos los días y que para evitarlas o exorcizarlas no hallan soluciones), contra la posibilidad de creación de seres humanos monstruosos (pero no dan soluciones para acabar con las monstruosas imágenes que todos los días nos sirve la Prensa en Etiopía), contra la esclavitud (en un mundo que mantiene 50 millones de esclavos, la mayoría de los cuales son mujeres vendidas para la prostitución), contra la manipulación femenina (pero nadie sabe qué hacer contra la pornografía y la publicidad). Y todo ello porque la reproducción in vitro, está ya aquí, y de momento sólo la aprovechan los vendedores de piensos y de ovejas.

Claro que hoy no debe haber temor de que se industrialice masivamente, puesto que, como decía Steptos (el padre artificial de la niña Louise Brown), mientras no se demuestre lo contrario “lo más barato son los úteros femeninos”.

En La razón feminista y en Poder y Libertad (número 4) lo he escrito. Lo sigo repitiendo en todos los foros internacionales. La verdad es que en éstos no se escandalizan. Pero aquí sí resulta necesario repetir continuamente algunos conceptos que se han mistificado, falsificado u ocultado. Como el de la reproducción clónica, por ejemplo, que no existe, o la posibilidad de fabricar, ¡por fin!, úteros artificiales sin depender del alquiler de madres (seres humanos, ¿no?) portadores de embriones, que luego han de parir y que a veces después no quieren vender. Porque hoy y siempre, y mientras no se demuestre lo contrario, lo importante es vender y ganar dinero, y la mercancía más barata y que más beneficios produce son los seres humanos. Sobre todo del sexo femenino.

Creo que es bueno para la información de todos saber que la reproducción clónica no existe, y que es posible, por el contrario, fabricar probetas donde los embriones (previamente fecundados artificialmente y congelados) se desarrollen. Como también que la menstruación es absolutamente innecesaria para mantener sana y feliz a cualquier mujer.

La equivocación físiológica de la mujer moderna

Antes de que el control de natalidad y el avance de la medicina le permitiese a una mayoría de mujeres (en los países occidentales industrializados) sobrevivir a la adolescencia de su último hijo, y, lo que es mejor, a la adultez de éste y a veces a la de sus nietos, tras haber visto crecer sanos a todos los hijos que dio a luz, las mujeres tenían muy pocos períodos de infertilidad en su vida. Desde la menarquía hasta la menopausia -y pocas alcanzaban este feliz estado-, las hembras humanas se reproducían y reproducían, en el mayor despilfarro de vidas humanas.

Con una expectativa de vida -en Europa- de 45 años para los, hombres y de 35 para las mujeres a finales del siglo pasado es fácil entender que las menstruaciones no constituyesen ningún objeto de interés científico en ese momento. Los esfuerzos médicos estaban entonces dedicados a salvar a las madres de la fiebre puerperal que había ocasionado la masacre femenina de todos los tiempos. Pero hoy la menstruación, que sólo significa ausencia de embarazo, se repite para la mujer que no tiene más allá de dos o tres hijos durante más de 30 años antes de alcanzar la menopausia. ¿Y para qué?

Los últimos estudios han llevado a concluir que ésta conlleva para la mujer diversos trastornos generalizados: anemia crónica y depresión fisica y psíquica. El primero está motivado por la pérdida de sangre propiamente dicha. De acuerdo a estudios cuantitativos precisos, la pérdida menstrual media por cada ciclo es de 43 mililitros, con una tendencia creciente en flunción de la edad y del número de hijos. Así, el 10% de las mujeres pierde al menos 100 mililitros de sangre. Si tenemos en cuenta que un glóbulo rojo tarda aproximadamente de 20 a 25 días en formarse, comprenderemos que las mujeres no tengan nunca repuesta su reserva necesaria de sangre. A esta deficiencia hay que añadir el síndrome de la tensión premenstrual, con su cuadro de depresiones típico.

Short señala que “si se advierte que: una serie ininterrumpida de ciclos menstruales es una experiericia relativamente nueva para nuestra especie, les plantea la cuestión de su posible nocividad”. Short se refiere, entre otros casos, a la incidencia que ello pueda tener en el aumento constante de cáncer de mama y de matriz, sefialando que la mayor incidencia de estas enfermedades se produce en los países desarrollados. Datos estos que, manipulados por los médicos tradicionales, han venido muy bien para aconsejar a las mujeres que tengan más hijos con el fin de evitar tales males. Ninguno ha sido lo suficiente honesto para aconsejar que supriman las menstruaciones.

Short explica que “no cabe duda de que esta multiplicación por nueve de la duración del período cíclico en las mujeres modernas plantea una serie de problemas nuevos para nosotros. No tenemos ninguna experiencia anterior en la evolución y no estamos genéticamente adaptados para hacer frente a una tal situación. Cosa curiosa: con el método más eficaz de anticoncepción, la píldora, que actúa antes de la ovulación, elegimos imitar el ritmo mensual menstrua¡, ya que se considera éste como un estado más normal que la amenorrea, y, por consiguiente como más aceptable. Ahora bien, si es más aceptable, no es en modo alguno más normal. Los prejuicios ginecológicos enraizados en la medicina occidental han favorecido, sin duda involuntariamente, el desarrollo de formas de anticoncepción inadaptadas tanto a la experiencia pasada como al porvenir de la humanidad. Menos mal que lo dice Short.

Cuando los literatos y los filósofos, y desgraciadamente también las feministas -esas que no defienden la ficción (sic) científica de los bebés probeta-, escriben sus lamentos jeremiacos sobre las manipulaciones de la reproducción anormal no suelen mencionar las manipulaciones de la reproducción normal. La mayor parte de las veces porque ni las conocen, el resto porque no les importan.

Este presente terroríficorio solamente nos depara miles de mujeres muertas cada año por intentar abortos sépticos (curiosamente, de este tema no dicen nada las feministas que tan preocupadas están siempre por la reproducción artificial), aquí y en más de la mitad de los países del mundo, sino también ofrece unas cifras bastante más desalentadoras y desgraciadas que la posibilidad de vivir en un mundo feliz en el curso de unos cientos de años.

Las organizaciones internacionales explican que la subalimentación de la madre gestante es la primera causa de la fabricación de niños raquíticos, subnormales o deficientes. Y esa inhumana monstruosidad que constituye el hambre, que este año ocasionará siete millones de muertos sólo en Etiopía, no está contabilizada como manipulación política y económica de los Gobiernos por los autores profetas de apocalipsis futuros científico-técnicos.

Monstruosidades ‘humanas’

Los médicos nos avisan que la escasa nutrición durante la gestación de la madre, incluso en períodos cuenta que una parte muy importante (casi el 65%-75%) del desarrollo del cerebro humano se produce en la vida posnatal, es preciso también asegurar la nutrición del recién nacido para evitar subnormalidades. Pero si pensamos que los negritos, los indios, los malasios, los indonesios, los etíopes, los mauritanos, los chadianos y demás razas, tarados, subnormales, enanos o tontos, no nos preocupan como futuro de la especie humana, y que incluso es bueno que en el mundo exista esa clase de seres para que la esclavitud no se acabe, no debemos estremecernos con el infantil relato de Huxley y sus semimonos fabricados para trabajar en las minas y en los ascensores.

Muchas otras monstruosidades humanas se producen todos los días sin que estos perpetuos escandalizados manifiesten su repulsa. La fuga de dioxina de la fábrica de Seveso en 1976 llevó a la intoxicación a un sinnúmero de mujeres gestantes, que no pudieron abortar porque el obispo de Milán les auguró el infierno para la otra vida. En ésta lo viven diariamente los niños que nacieron con mandíbula corta, pabellón auricular devastado, deformación de la uretra y falta de apertura del intestino tenue.

La talidomida provocó hace más de 20 años nacimientos de niños a los que les faltaban las extremidades, sin ojos, sin oídos, con parálisis cerebral. En 1978, 21 años después de la talidomida, otro producto alemán, el Duogydon, ha provocado nuevos nacimientos de niños con graves deformaciones. Otro producto: el DES, utilizado paradójicamente para evitar abortos espontáneos, produce carcinoma vaginal y cervical, además de otros problemas de distinta gravedad tanto a las madres como a los hijos de éstas.

La ciencia humanista, esa que rechaza la reproducción artificial con el mismo horror que el aborto, está todos los días fabricando pobres monstruos condenados al horror de existir como tales en nombre del derecho a la vida, al humanismo y a la naturaleza.

El 4 de diciembre de 1977, EL PAÍS informaba que en un hospital de Brooklyn, en Nueva York, una mujer embarazada de cuatro meses que fue declarada clínicamente muerta al faltarle toda actividad cerebral estaba siendo mantenida artificialmente por un equipo de médicos con la esperanza de salvar la vida del feto, que tardaría aún cinco meses en nacer. Este experimento fue contestado científicamente por la mayoría de los obstetras del país, puesto que, aparte de la gran dificultad de que el corazón del cuerpo de la madre, que en realidad era un cadáver y no un ser vivo, pudiera trabajar con más fuerza a medida que el feto fuese creciendo, no existía ninguna garantía de que el niño alcanzase los nueve meses de gestación y de que, fuese cual fuese la fecha de su nacimiento, éste se produjese en condiciones normales. No existía siquiera seguridad de que el sistema fetal estuviese absorbiendo los elementos nutritivos que se inyectaban a la madre y tampoco de que el flujo de sangre que llegaba al útero fuese el necesario. ¿Bajo qué presupuestos, pues, había que esperar el nacimiento de un niño normal?

Pero estos experimentos no están condenados ni por las Iglesias, ni por los humanistas, ni por los intelectuales progresistas que padecen el síndrome del pánico a la reproducción artificial.

Cada año nacen en España 3.500 niños que presentan enfermedades congénitas por falta de determinadas hormonas (aminoacidopatías) que de no serles administradas a partir del día 20 de vida los convertirá irremediablemente en subnormales profundos. Según Aspanias, en 1979 se contabilizaban 360.000 subnormales, de los cuales el 50% o 60% lo eran por problemas en el embarazo, el parto o la primera infancia. Sobre una estadística realizada en 34 hospitales de diversas regiones españolas, el 30% de las malformaciones congénitas es de origen genético, por genes anormales, alteraciones cromosómicas y factores ambientales (como radiaciones, virus, agentes químicos, etcétera), y el 70% es de origen desconocido, pero se inclinan a creer que son debidos a factores ambientales (Estudio colaborativo español de malformaciones congénitas, EL PAÍS María Luisa Martínez Frías, directora del ECMC.) En España, según datos publicados en del 10 de marzo de 1981, en 1980 había 670.000 handicapados de todas clases.

La esperanza de acabar con esta interminable lista de fetos inviables, tarados, monstruosos, que solamente producen desdichas humanas, no parece hallarse muy cercana. No solamente los alaridos indignados de los contrarios a la práctica del aborto no dejan oír los gemidos de sufrimiento de estas criaturas, sino que la deontología médica, y la corriente sociológica que vuelve a lo natural como lo mejor y más humano, tiende a mantenerlos con vida aun en contra de todo pronóstico de curación.

Y esta tranquilidad que proporciona la seguridad de que nada va a cambiar en nuestro entorno, en un entorno cómodo, abundante, sano; esa típica expresión del conservadurismo de cualquier tipo y en cualquier sector es lo que quieren defender -como si defendieran su propia supervivencia- los intelectuales profetas del mundo monstruoso que la reproducción in vitro nos anuncia. Los miedos a lo desconocido se hacen más verídicos, más terroríficos, más reales que la propia realidad para estos profetas de la catástrofe continúa. Exactamente la antítesis de sus optimistas predecesores anarquistas, socialistas, comunistas, que todo lo confiaron a la revolución porque ellos sí apostaban por el futuro. Pero éstos, los de hoy, han llegado tarde. El presente se está ya vengando de ellos.

En este presente, las investigaciones genéticas continúan su inexorable y rápido camino hacia el éxito. El que parece hoy más lejano es la fabricación de las células femeninas que componen el óvulo. Hasta hoy cualquier experimento sobre fecundación in vitro debe contar con un ovario femenino que fabrique dentro del cuerpo femenino los óvulos necesarios. La fecundación por el esperma y la división del blastocito, el óvulo fecundado, hasta una fase avanzada de gestación del feto son fases del trabajo científico que han alcanzado una buena parcela de éxito.

Y, sin embargo, se mueve

Por el contrario, la divulgación de noticias falsas, como la reproducción clónica de ratones, ha sido tomada en serio por alguno de esos asustados especialistas que escriben sobre la posibilidad de la reproducción clónica humana, cuando únicamente se ha logrado la introducción de una célula de una rata negra es la célula de una rata blanca, a la que los genes de aquélla transmitían la información del color que portaban.

Clónico significa el sujeto que se ha formado a partir de la célula de una sola persona, sea macho o hembra, sin necesidad de fecundación por el sexo contrario. Esta clase de reproducción no se ha conseguido todavía para los mamíferos (y se duda científicamente de esa real posibilidad), y sobre todo se halla muy lejos de alcanzarse para la especie humana.

En cambio, la posibilidad de proseguir la gestación del óvulo fecundado en incubadora, que hoy ya se conserva congelado en bancos especiales, a la espera de que un útero femenino quiera acogerlo -incluso aun cuando se provoquen problemas tan graves como el de la muerte de los donantes del óvulo y del esperma, que han obligado a destruir el embrión- es rechazada porque significaría dar un paso de gigante en la liberación femenina. Como tampoco causa escándalo el alquiler de madres gestantes o los bancos de embriones congelados.

La mujer como mercancía

Pero el feminismo consecuente está siempre clamando contra toda clase de esclavitudes, de explotaciones, de prostituciones, y nunca ha defendido la “liberación de las privilegiadas sobre las espaldas de una casta de reproductoras”. Por el contrario, estamos siempre intentando liberar a las mujeres de tantas manipulaciones fisicas, psíquicas y económicas como he descrito. Por ello precisamente no defendemos el alquiler de úteros, sino, exactamente, la reproducción in vitro, esto es, en probeta. Precisamente para defender la dignidad de la persona, que en este tema siempre es una mujer.

Las actitudes cautelosas frente a la ciencia no suelen ser más que la manifestación del reaccionarismo de quienes las sustentan. Ni la fecundación artificial se detendrá, ni en la investigación ni en la práctica, ni la reproducción in vitro dejará de ser una realidad en tiempo más o menos largo. Lo verdaderamente importante para las mujeres, para el feminismo y, en definitiva, para toda la humanidad es que las fuerzas progresistas del mundo, las que miramos hacia adelante y no hacia atrás, seamos capaces de tomar nuestro destino en nuestras manos en vez de abandonarlo en las de la reacción. De esa reacción que se llama a sí misma humanista mientras utiliza la técnica para masacrar a los seres humanos.

Por ello, el feminismo no es humanismo, por ello las feministas luchamos contra las explotaciones de todas las clases -la prímera, la de las mujeres- y a favor de la dignidad de los seres humanos, que vendrá también de la mano de la tecnología.

Remedando una célebre frase de Lenin, diremos que la revolución de las mujeres triunfará con el feminismo más la reproducción in vitro.

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