elPeriódico.com
10 Ene 2009
Por Lidia Falcón

El juicio que se celebró en diciembre por el motín de la prisión de Quatre Camins dejó escapar, como el vapor de una caldera hirviendo a punto de estallar, algunas manifestaciones de los acusados que deberían preocuparnos, si nuestra sensibilidad y conciencia no es- tán completamente anestesiadas. Los organizadores del motín explicaron que se habían concitado para matar al subdirector por los constantes abusos que padecían: palizas, encierros, falta de comida, de ropa, de higiene, escasa atención sanitaria y ninguna escuela.

No me pareció que ni el fiscal ni el juez estuvieran impresionados por ese relato. Con mucha seguridad, ni lo escucharon ni lo creyeron y supongo que no influirá en la sentencia, y, lo que es peor, ni siquiera motivará una inspección para averiguar lo que haya de cierto en esas denuncias.

Desde hace medio siglo conozco las prisiones españolas. Antes incluso de que me licenciara en Derecho, por tener que visitar a amigos y familiares encarcelados a causa de su lucha contra el franquismo, y, muy poco después, como abogada de oficio, conocí las miserias de la vida carcelaria de los delincuentes comunes. Durante muchos años tuve que visitar dos o tres veces por semana la siniestra cárcel Modelo; más tarde, Torrero, en Zaragoza; el horrendo penal de Burgos; Ocaña, en Castilla; Jaén; Granada. La Trinidad de Barcelona y Yeserías en Madrid fueron mi residencia en los años 1972 y 1974, e inspiraron mi libro En el Infierno. Y en todas pude constatar los malos tratos que padecían los presos y las presas, abandonados a la arbitrariedad del director y de los funcionarios. Dependiendo del nivel de sadismo de estos, los internos podían comer solo bazofia o adornarla con una oblea de jamón dulce, tenían asistencia médica o no, disponían de medicamentos o no, soportaban palizas y aislamientos o solo gritos e insultos, poseían algún medio de calentarse o se helaban en invierno, recibían algunas clases o permanecían abandonados en el patio 15 horas al día. Trascendió fugazmente al conocimiento público el nivel de violencia en el interior de las prisiones cuando Salvador Rueda fue asesinado por los funcionarios de Carabanchel, y se olvidó enseguida.

Abogados luchadores en defensa de las víctimas presentábamos reclamaciones y recursos ante las prisiones y los juzgados y escribíamos largas denuncias que enviábamos a los organismos internacionales. Pero la verdad es que los beneficiarios de nuestros desvelos eran fundamentalmente los presos políticos. Pocos como yo pretendían hacer llegar a los presos comunes los beneficios que exigíamos para aquellos, porque ni los gobiernos ni la sociedad civil se hallan sensibilizados para tenerle compasión al pequeño delincuente. Así fracasó la lucha de la Coordinadora de Presos Sociales en la transición. Concepción Arenal murió hace mucho tiempo y con ella las máximas de conmiseración que hizo universales.

Tantos años más tarde, el reglamento de prisiones ha cambiado y se ha provisto a las cárceles de algunos profesionales de la psicología y de la asistencia social, siempre pocos. Pero el criterio de los directores y funcionarios no se ha modificado tanto. Con la ayuda de la asistenta social, intenté organizar en la de Soto del Real unas conferencias semanales para todos los presos. Convencí a muchos amigos, abogados, psiquiatras, filósofos, para que acudieran allí de cuando en cuando, no solo sin cobrar sino pagándose los gastos del viaje. A las pocas sesiones llegó la orden del director de cancelar el programa sin que nos diera ninguna explicación, porque en la España democrática el director de la prisión sigue siendo el alcaide omnipotente e impune.

Solo la imagen del patio de una cárcel dice más que un millón de palabras. La mayor proporción de desgracia se acumula en los seres hacinados allí por la miseria, la ignorancia, la enfermedad, el abandono. Mientras la persecución, no la rehabilitación, de los drogadictos y los camellos de poca monta ha conseguido que el número de presos en España sea el mayor de Europa, en proporción a su población, provocando un insoportable hacinamiento en las prisiones, los grandes traficantes de drogas, de armas, de personas y no digamos los proxenetas, pasean su impunidad en los mejores hoteles.

Hace poco tiempo tuve una clienta, oficial de prisiones en la Modelo de Barcelona, víctima evidente de mobbing, y pude comprobar nuevamente la hostilidad de los funcionarios hacia la abogada que se metía en lo que no debía. La información de familiares, de asociaciones, de asistentes sociales, ratifica el abandono de nuestros presos, y el informe de Amnistía Internacional, donde cada año se afirma que en las cárceles españolas se sigue maltratando a los internos. Los porcentajes de reclusos que estudian son mínimos y en muchas prisiones los niños siguen viviendo con las madres.

La arbitrariedad rige la aplicación de la libertad vigilada, y así, algunos presos han visto transcurrir entre rejas más tiempo del que fueron luego condenados, mientras en cambio se conceden permisos a maltratadores y asesinos de mujeres y abusadores de niños. Sigo preguntándome si los buenos ciudadanos saben, realmente, qué les pasa a nuestros presos, pero dudo que, de saberlo, les importe.

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