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1 Mayo 2009
Por Lidia Falcón

Imagen de Martín TognolaLos elogios procedentes de diversos ámbitos dedicados a Corín Tellado con motivo de su reciente muerte me han sumido en la perplejidad y, no lo niego, me han provocado bastante irritación. Para quien, como yo, ganó algunas pesetas en la juventud –casi adolescencia, puesto que publiqué mi primer cuento a los 18 años– escribiendo a destajo cuentos y novelas rosa –también fui capaz de pergeñar algunas historias del Oeste y de Hazañas Bélicas–, que me pagaban a tanto la página o la obra, bajo diversos y olvidados pseudónimos, resulta ridículo que dicha labor sea calificada de literatura. Solamente el dato de que Corín escribía dos novelas por semana –por más que no tuvieran más de 100 páginas– describe definitivamente en que consistía ese trabajo: ir enlazando palabras a toda prisa para contar una historia elemental sobre los amores de una hermosa, joven y pura, y un galán mayor y más alto que ella, guapo, elegante y rico, con un final inevitablemente concluido en boda.

Balzac estuvo dedicado a esta misma labor en sus años de juventud y la recordaba con verdadera pena, como otros escritores que llenaron los quioscos de producciones perfectamente olvidables, obligados por la pobreza y la avaricia de las editoriales, incapaces de reconocerles el talento de que años más tarde dieron cumplida muestra. Estas producciones nos permitieron, a todos los que con el oficio de escribidores sobrevivíamos, comer, y a mi, mantener también a mis hijos, aunque fuese precariamente, durante los años de plomo de la dictadura, pero cuando ya con enorme esfuerzo pudimos abrir el cerco de hierro que nos separaba de las editoriales que publicaban literatura, nunca las habríamos exhibido como nuestras. Desde luego en mi currículo no cuentan. Alguna excepción, como Víctor Mora con su Zorro y su Capitán Trueno, ha sido puesta de modelo de una forma de difundir subliminalmente la ideología de izquierdas que profesaba, pero esta artimaña podía ser utilizada en los tebeos para niños y muchachos, en los que se tenían que ensalzar los valores de la fraternidad, la defensa de los débiles, el valor, la entrega a una causa épica. Los hombres tenían que ser héroes según los principios de Falange Española, pero las mujeres, no. Las mujeres esperaban en casa que regresaran los héroes de sus hazañas bélicas. Ellas debían ser el reposo del guerrero. Bien hubiera querido yo transmitir un poquito de ideología feminista a través de las novelas rosa que elaboraba mes tras mes, pero precisamente los editores de esta clase de producto prohibían todo relato no ya progresista, sino mínimamente sensato. Las mujeres, bajo aquella infame dictadura, estaban destinadas a la reproducción y el mantenimiento de la familia bajo la indiscutible autoridad del marido, después de la del padre, y su papel de sumisión a los hombres –también el hijo varón mayor tenía prioridad– debían cumplirlo con dulzura y alegría. Cualquier otro modelo femenino era inmediatamente censurado por el director literario con la severa admonición de no encargarte más libros. Ese modelo de mujer fue el que defendió Corín Tellado durante 40 años.

Por su capacidad de trabajo, sobradamente demostrada, se le concedió el título de hija predilecta de Oviedo y alguna prebenda más. ¿Y qué es lo que premiaron: que con su empecinada prolijidad ganara una bonita fortuna inundando el mercado de habla española con novelas deleznables que contribuyeron a alienar más a las pobres féminas a las que iban destinadas? ¿Qué méritos ciudadanos o de valor solidario poseía la señora Tellado? ¿O el dinero lo justifica todo? Con sus historias de un amor, siempre heterosexual y siempre irreal e indeseable, apoyó la ideología oficial del régimen franquista que con tanta eficacia impuso la Sección Femenina de Falange a través de la hermanísima Pilar Primo de Rivera, defendiendo el modelo de mujer sometida a los dictados masculinos, conquistada, a veces casi manu militari, por el arquetipo de galán fascista, y que se realiza plenamente en servir al marido, parir hijos y cuidar la familia, y que jamás alimentaba la nefasta fantasía de ejercer alguna profesión reservada únicamente a los varones.

Pero ni siquiera por su coherencia en defender sus ideales puede ser admirada la señora Tellado, porque, cuando concluida la dictadura, las exigencias feministas desprestigiaron ese tipo de mujer, su producción cambió y, siguiendo la moda del momento, las escenas eróticas inundaron sus páginas y los divorcios y los adulterios se hicieron habituales. Por supuesto, con la misma deleznable escritura, y tampoco entraron en sus obras modelos de mujeres y hombres entregados a otras causas que las de satisfacer sus deseos amorosos y sexuales.

Ya sabemos que todos los países tienen esa línea de publicaciones, destinada, fundamental y desdichadamente, a las mujeres, pero permanecen en el lugar que le corresponde: al lado de las revistas del corazón y de sociedad, y no se les concede más interés que a los fascículos de costura. ¿Cómo se puede elevar al podio de la literatura a Corín Tellado? ¿O es la involución que está viviendo el feminismo la que pretende prestigiar nuevamente los modelos de mujer de sus obras?

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